jueves, 24 de mayo de 2012

MÉTODO, EL LIBRO DE LAS FACULTADES


EL LIBRO DE LAS FACULTADES 

Capítulo III


MÉTODO

Autor: ALLAN KARDEC
Versión castellana y comentarios exegéticos:
Giuseppe Isgró C.


1.    El deseo natural, y loable, de todos los adeptos, jamás alentado suficientemente, es el de hacer prosélitos. Para facilitarle la tarea, nos proponemos, por lo tanto, examinar el camino, en nuestra opinión el más seguro, para alcanzar este objetivo, ahorrándoles esfuerzos inútiles.
Hemos dicho que el Espiritismo es una ciencia y una filosofía completa; aquel, por lo tanto, que seriamente quiere conocerle, debe, ante de todo, obligarse a un estudio serio y persuadirse de que, al igual que en las demás ciencias, no se puede aprender jugando. La Doctrina Espirita, tal como se afirmó, aborda todas las cuestiones que interesan a la humanidad; su campo de estudio es inmenso y conviene, ante de todo, mirarlo desde el punto de vista de sus consecuencias. La creencia en los Espíritus conforma, sin duda alguna, el soporte, pero esta no es suficiente para hacer un espirita iluminado, de la misma manera que la creencia en Dios no es suficiente para hacer un místico. Observemos, por lo tanto, como nos conviene proceder en esta enseñanza para alcanzar en forma más segura la convicción.
No se atemoricen los adeptos por este término enseñanza. No existe, únicamente, enseñanza desde lo alto de la cátedra o de la tribuna; sino, también, el de la simple conversación. Cualquier persona que busque persuadir a otra, bien sea por medio de una explicación, o por el de la experiencia, transmite una enseñanza; y nosotros, que deseamos que su esfuerzo genere buenos frutos, nos creemos en la obligación de aportarle algunas sugerencias, de las cuales podrán aprovecharse, también, aquellos que anhelen instruirse por sí mismos; ellos encontrarán el medio para llegar en forma más segura, y más rápidamente, a su objetivo.
2.   Se cree, generalmente, que para convencer sea suficiente mostrar algunos hechos; este parecería, en efectos, el camino más lógico, y todavía la experiencia nos demuestra que ese no es, siempre, el mejor, por cuanto se observan, con frecuencia, individuos que no se convencen ni siquiera por los hechos más evidentes. Por qué ocurre esto? Buscaremos de aportar una explicación, valiéndonos de nuestra extensa experiencia.
En la Doctrina Espirita, la cuestión de los Espíritus es secundaria y consecutiva; no es este el verdadero punto de partida; más bien, consiste en esto, precisamente, el error en que se cae y que, con frecuencia, frena a algunas personas. Los Espíritus no siendo más que los entes espirituales de las personas, el verdadero punto de partida es, por lo tanto, la existencia de los Espíritus.  Ahora,  cómo puede el materialista admitir que existan seres que vivan fuera del ámbito material, cuando cree que su propio yo sea pura materia? Cómo puede creer en la existencia de los Espíritus fuera de sí, cuando no cree de tener uno en sí mismo? En vano se buscaría de acumular a su vista las pruebas más tangibles, él las refutará todas, por cuanto no admite el principio. Cada enseñanza metódica debe proceder de lo conocido a lo desconocido; para el materialista, lo conocido es la materia. Proceded, por lo tanto, de la materia, y buscad, antes de todo, haciéndosela observar, de convencerle que existe en él algo que escapa a las leyes que les rigen; en una palabra, antes de rendirlo Espirita, buscad de convertirle en Espiritualista; pero, para esto hay que proceder con otros medios, con una enseñanza especial, siguiendo un orden particular de ideas; hablarle de espíritus ante de que él se convenza de tener uno, sería comenzar desde el final, ya que no puede admitir la conclusión si no admite las premisas. Antes, por lo tanto, de disponernos en convencer a un incrédulo, también con hechos, es necesario asegurarnos de su opinión acerca del Espíritu, es decir, si cree a su existencia, a su supervivencia al cuerpo, a su individualidad después de la desencarnación; si su respuesta es negativa sería un esfuerzo desperdiciado hablarle de Espíritus. He aquí la regla. Somos de la idea que puede haber excepciones; pero, entonces, probablemente, subsistirá otra causa que le rendirá menos refractario.
3.  Entre los materialistas es preciso distinguir dos clases: en la primera, ubicaremos a aquellos que los son por sistema. Para éstos no existe la duda; ellos niegan en forma absoluta, razonando a su manera; a sus ojos, el ser humano es, simplemente, una maquina la cual camina mientras esté dotada de vitalidad, y que, con el tiempo, se descompone, y de quien, después de la desencarnación no queda más que carcasa. El número de los integrantes de este grupo es, afortunadamente, muy restringido, y en ninguna parte constituye una escuela de gran difusión; nosotros, estimamos innecesario insistir sobre los efectos inadecuados que se derivarían, en el orden social, de la vulgarización de una tal doctrina. Sobre este argumento hemos ahondado extensamente en El Libro de los Espíritus (Nº 147, y en la Conclusión, III).
Cuando hemos dicho que la duda cesa en los incrédulos ante la presencia de una explicación racional, es necesario exceptuar a los materialistas, totalmente. Ellos niegan cada potencia y todo principio inteligente por encima de la materia. La mayor parte de ellos se obstina en sus opiniones por orgullo, y cree empeñado su amor propio para perseverar.  Ellos persisten frente a cualquier prueba opuesta, porque no quieren someterse a las evidencias. Con esa gente es preciso no dejarse convencer de la mascara de sinceridad, cuando dicen: Hacedme ver y creeré. Otros, con mayor franqueza, dicen: Aunque viese, no creería.
4.   La segunda clase de materialistas es más numerosa, dado que el verdadero materialismo es un sentimiento opuesto a lo natural. Este grupo incluye a quienes los son por indiferencia, y podría decirse, por falta de algo mejor; no lo son por un propósito deliberado; más bien, su interés es el de creer, por cuanto, para ellos la certidumbre significa sosiego. Existe, en ellos, una ligera aspiración relativa al porvenir; pero este porvenir les ha sido presentado bajo una modalidad que su razón les impide aceptar; de ahí la duda, la incredulidad. En su Espíritu, la incredulidad no se erige por sistema; presentadle algo razonable y ellos lo aceptaran rápidamente. Estos pueden, por lo tanto, comprender nuestro punto de vista, teniendo con nosotros mucha más afinidad de la que piensan. Con los primeros no habléis ni de espiritualidad, ni de Espíritus ni de estados de perfección: Ellos no os comprenderían. Empero, partiendo desde su mismo punto de vista, probadle que las leyes de la fisiología son impotentes para rendir razón de todo; el resto vendrá por añadidura. Toda otra cosa ocurre cuando la incredulidad no es preconcebida, por cuanto, entonces, no existe una incredulidad absoluta; es una idea inhibida por prejuicios, pero que puede ser reactivada por una percepción clarificante. Es como el invidente a quien le es grato volver a ver la luz, o el náufrago a quien se le tiende la mano salvadora.
5.  Paralelamente a los materialistas propiamente dichos, existe una tercera clase de incrédulos, que, aunque espiritualistas, por lo menos de nombre, no son menos refractarios; estos son los incrédulos de mala voluntad. Ellos estarían descontentos de verse obligados a creer, por cuanto esto les turbaría su tranquilidad en los goces materiales; igualmente, temen ver objetada su ambición personal, recriminado su egoísmo y ser privados de las delicias de las vanidades humanas; cierran, por lo tanto, los ojos para no ver, y los oídos para no oír ni entender. No se puede hacer más que lamentar esa actitud.
6.  Una cuarta categoría la denominaremos  incrédulos interesados o de mala fe. Éstos saben muy bien cual es la verdad en torno a la Doctrina Espirita, pero, con toda tranquilidad la condenan por motivos de interés personal. Sobre ellos no hay nada que decir, al igual que no hay nada que hacer con ellos. Si el materialista puro se engaña, tiene, por lo menos, en su favor la excusa de la buena fe; se le puede hacer rectificar probándole su error. Empero, existe aquí la adopción de una finalidad, en contra de la cual todos los argumentos carecen de eficacia. El tiempo se encargará de abrirles los ojos y de mostrarles, a sus expensas, donde se encontraban sus verdaderos intereses, ya que, no pudiendo impedir a la verdad de expandirse, serán arrastrados por el torrente, y con ellos todos los intereses que creían defender.
7.  Además de estas diversas categorías de opositores, existe una infinidad de graduaciones, entre las cuales podemos identificar a los incrédulos por pusilanimidad: el coraje les vendrá cuando vean que los otros no son conducidos a la hoguera; los incrédulos por escrúpulo religioso: un estudio lúcido les enseñará que el Espiritismo se apoya sobre las bases fundamentales de la espiritualidad, que respeta todas las creencias, que, más bien es eficacísimo para generar el sentimiento espiritual en quienes no lo tienen, para fortificarlo en aquellos en los cuales es vacilante; existen, después, los incrédulos por orgullo, por espíritu de contradicción, por desatención, ligereza, etcétera.
8.  No podemos omitir una categoría, que denominaremos la de los incrédulos por engaño. Esta categoría comprende a las personas que han pasado de una fe exagerada a la incredulidad, por cuanto fueron objeto de errores. Por esta causa, han abandonado y rechazado todo. Se encuentran en el caso de quien, por haber sido engañado, niega la buena fe.  Es preciso, para ellos, aún un estudio más profundo del Espiritismo y una mayor experiencia. Aquel que es mistificado por los espíritus, lo es, generalmente, por cuanto le pregunta aquello que no pueden o no deben decir, o porque no es bastante ilustrado sobre la temática para discernir la verdad de la impostura. Muchos, por otra parte, no ven, en el Espiritismo, más que un nuevo medio de adivinación, y se imaginan que los espíritus están allí para decir la buena ventura; ahora, los espíritus ligeros y burlones no desaprovechan la oportunidad para divertirse a sus expensas: de esta manera le anunciarán esposos a las jovencitas, honores al ambicioso, al avaro herencia, tesoros escondidos, etc., de lo cual resultan, frecuentemente, engaños muy desagradables; pero la persona prudente y seria sabe como preservarse, siempre.
9.  Una clase muy numerosa, quizá la más de todas, pero que no podría ser colocada entre los opositores, es la de los inseguros. Ellos son, generalmente, espiritualistas por principio; la mayor parte tiene una vaga intuición de las ideas espiritas, una aspiración hacia algo que no pueden definir; adolecen, únicamente, de orden y claridad en sus pensamientos; el Espiritismo es para ellos como un rayo de luz, el claror que disipa la niebla; por esto acogen el Espiritismo con rapidez, por cuanto les libera de las inquietudes de la incertidumbre.
10.               Si nosotros damos una mirada sobre las diversas categorías de creyentes, encontraremos, antes de todo, los espiritistas que ignoran serlo; esta, a decir verdad, es una gradación de la clase precedente. Sin haber jamás oído hablar de la doctrina espirita, tienen el sentimiento innato de los grandes principios que ella contiene, y este sentimiento se refleja en algunos contenidos, en sus escritos y discursos, a tal punto que, leyéndoles u oyéndoles, se les creería completamente iniciados. Se encuentran numerosos ejemplos en los escritores de corte espiritual y, también, entre los profanos, en los poetas, en los oradores, en los moralistas, en los filósofos antiguos y modernos.
11.                Entre aquellos que se han convencido por un estudio inmediato, se pueden distinguir:
                        I.    Aquellos que creen puramente, y simplemente, a las manifestaciones. La Doctrina Espirita es para ellos una simple ciencia de observación, una serie de hechos más o menos curiosos; nosotros les llamaremos espiritas experimentadores.
                    II.    Aquellos que en el Espiritismo ven algo más que los hechos; comprenden la parte filosófica; admiran la moral, pero no la practican. Su influencia es insignificante o nula sobre su carácter; no cambian nada en sus costumbres y no se privarían de un solo goce. El avaro permanece siempre tal; el orgulloso lleno de sí mismo; el envidioso y el celoso, conservan su hostilidad; para ellos la benevolencia no es más que una máxima hermosa; estos son los espiritas imperfectos.
                III.    Aquellos que no se contentan con admirar la moral espirita, sino que la practican y aceptan todas sus consecuencias. Convencidos de que la existencia terrestre es una prueba pasajera, buscan de aprovechar estos instantes tan breves para caminar por la vía del progreso; y que, únicamente, le puede elevar en la jerarquía del mundo de los espíritus el esfuerzo en hacer el bien y la represión de las tendencias inadecuadas. Sus relaciones son siempre seguras, por cuanto su convicción les fortalece en cada pensamiento del bien. El amor es, en todo, la regla de su conducta; estos son los verdaderos espiritas, o mejor dicho: los ESPIRITAS UNIVERSALES.
                   IV.    En fin, se encuentran, también, los espiritas exaltados. La especie humana sería perfecta si ella no tomase más que el lado bueno de las cosas. La exageración es nociva en todo; en muchos imprime una confianza irreflexiva y pueril en las cosas del mundo espiritual, y les hace aceptar, muy fácilmente, y sin control suficiente, ciertas cosas o hechos cuya reflexión y examen demostrarían su absurdidad e imposibilidad. El entusiasmo exaltado e irreflexivo es inconveniente. Esta categoría de adeptos es más nociva que útil a la causa de la Doctrina Espirita; son los menos aptos para convencer, por cuanto se desconfía, y con razón, de su raciocinio; ellos son burlados sin que se percaten, tanto por los espíritus mistificadores como por las personas que buscan de explotar su credulidad. El mal no sería tan grave si fueran los únicos en asumir las consecuencias; pero ellos dan, sin quererlo, las armas a los incrédulos, quienes buscan burlarse más que convencerse, endosando, a todos, el ridículo ameritado sólo por algunos. Ciertamente, esto no es justo ni racional; pero se sabe que los adversarios de la doctrina espirita reconocen, únicamente, su sola razón como de buena liga, o es el menor de sus fastidios conocer a fondo la temática sobre la que hablan.
12.               Los medios de convicción varían, en gran manera, según los individuos; aquello que persuade a los unos no produce ningún efecto sobre los otros; hay quien queda convencido por alguna manifestación material, quien por comunicaciones inteligentes, y el mayor número, por el razonamiento. Nosotros podemos decir, también, que los fenómenos son de poco peso para la mayor parte de aquellos que no se encuentran preparados por el razonamiento. Mientras más extraordinarios sean los fenómenos, más se alejan de las leyes conocidas y mayormente encuentran oposición, y esto por una razón muy simple, la cual es que, el ser humano, por naturaleza, es inducido a dudar de todo lo que no tenga una sanción racional; cada uno la considera desde su propio punto de vista,  y se lo explica a su manera: el materialista ve en ello una causa puramente física o un engaño; el ignorante y el supersticioso, una causa diabólica o sobrenatural; mientras una explicación anticipada tiene por efecto destruir las ideas preconcebidas y de mostrar, si no la realidad, por lo menos la posibilidad de la cosa. Se le comprende, de esta manera, antes de haberla vista; ahora, desde el momento en que la posibilidad es reconocida, la convicción es, virtualmente, manifestada.
13.               Es, quizá, útil buscar de convencer a un incrédulo obstinado? Hemos dicho que esto depende de las causas y de la naturaleza de su incredulidad; frecuentemente, la insistencia que se emplea en persuadirle le hacen creer en su personal importancia, lo que se convierte, para él, en un motivo para obstinarse más. Aquel que no está convencido ni por el razonamiento ni por los hechos, debe, todavía, pasar por la prueba de la incredulidad. Es conveniente dejar que sea la Providencia quien le presente las circunstancias favorables; son muy numerosos quienes buscan anhelosos la luz para perder el tiempo con aquellos que la rechazan. Dirigíos, por lo tanto, a los seres de buena voluntad, cuyo número es mayor de lo que se cree, y su ejemplo, multiplicándose, vencerá más resistencias que las palabras. El verdadero estudiante no carecerá jamás de ocasiones para hacer el bien en beneficio de las conciencias que lo precisen, llevando el consuelo, calmando el ánimo, propiciando reformas morales; en esto consiste su misión; en ello, también, encontrará su verdadera satisfacción. La Doctrina Espirita se encuentra en el ambiente; se expande por la fuerza de las cosas, y porque rinde felices a aquellos que la profesan. Cuando sus adversarios sistemáticos la observen desenvolverse a su alrededor, y entre sus mismos amigos, comprenderán su aislamiento y serán obligados a callar o a enrolarse.
14.               Para proceder en la enseñanza de la Doctrina Espirita al igual que se haría con las ciencias ordinarias, convendría pasar en revista toda la serie de fenómenos que puedan producirse, empezando por los más simples, para llegar, sucesivamente, a los más complejos. Ahora, esto no se puede hacer por cuanto sería imposible hacer un curso experimental de la Doctrina Espirita, al igual que se hace con uno de física o de química. En las ciencias naturales se actúa sobre la materia bruta que se manipula a voluntad, y se está, casi siempre, seguros de regular los efectos; en el Espiritismo se ha de tratar con inteligencias las cuales poseen una voluntad propia, y nos demuestran, a cada momento, que no se encuentran sometidos a nuestros caprichos. Conviene, por lo tanto, observar, esperar los resultados, tomarlos al vuelo. Es por esto que afirmamos con claridad que es un ignorante o un impostor cualquiera que se vanaglorie de obtenerlos a voluntad. Por este motivo el verdadero Espiritismo no se presentará jamás en espectáculos o no subirá, en ningún momento, en los escenarios de los teatros. Existe algo de ilógico en la suposición de que los espíritus vengan a hacernos el juego y a someterse a una investigación cualquiera, como simples objetos de curiosidad.
Los fenómenos, por lo tanto, podrían faltar cuando se precisaren, o presentarse en un orden completamente diferente de aquel que se desea. Agregamos, todavía, que para obtenerlos se necesitan personas con facultades especiales, y que estas facultades varían hasta el infinito según la aptitud de los individuos. Ahora, siendo extremadamente raro que la misma persona tenga todas las aptitudes, esto constituye una dificultad adicional, ya que se necesitaría tener siempre a la mano una verdadera colección de sensitivos, lo que no es, generalmente, posible.
El medio de obviar este inconveniente es muy simple, es preciso empezar por la teoría; todos los fenómenos han sido estudiados; ellos son explicados, se puede adquirir conciencia de los mismos, comprender su posibilidad, conocer las condiciones en las cuales se pueden producir y los obstáculos que les son inherentes; cualquiera que sea el orden en el cual se manifiesten, dadas las circunstancias, no tendrán nada más que puedan sorprender.
COMENTARIO EXEGÉTICO GIC: -"Quien desea ser un virtuoso en la ejecución de un instrumento musical, precisa estudiar, antes de todo, el solfeo, y a medida que avanza en la práctica, lo hace, paralelamente, con la teoría. Igual ocurre con el dominio de cualquier ciencia. Nada sorprende, por lo tanto, que se haga lo mismo con el estudio y práctica de la Doctrina Espirita, es decir, que se empiece por la teoría".
Esta vía ofrece, todavía, otra ventaja; la de ahorrar, a quien desee experimentar, una cantidad enorme de desengaños; estando prevenido en contra de las dificultades, puede permanecer en guardia, y evitar la adquisición de la experiencia a sus expensas.
Dado el largo período que ha transcurrido desde el momento en que hemos comenzado a ocuparnos de Espiritismo, resultaría difícil mencionar el número de personas que han venido  a nosotros, y entre éstas cuántas hemos visto permanecer indiferentes e incrédulas en presencia de los hechos más evidentes, las cuales fueron convencidas, más tardes, por una razonada explicación. Una enorme cantidad de estas personas estuvo dispuesta a la convicción por medio del razonamiento; tanta otra, en fin, fue persuadida sin haber visto nada, sino, únicamente, por cuanto habían comprendido! Nosotros, por lo tanto, hablamos por experiencia, la cual nos ha demostrado que el mejor método de enseñanza espirita es el de dirigirse a la razón antes que a los sentidos físicos.  Este es, también, el método que tenemos en nuestras lecciones, del cual no hemos obtenidos más que beneficios.
15.               El estudio preventivo de la teoría tiene, todavía, la ventaja de mostrar, en forma inmediata, la magnitud de su finalidad y el alcance de esta ciencia. En cambio, quien comienza con ver una mesa girar o reflejar golpes, es conducido a la duda, por cuanto difícilmente puede imaginarse que de una mesa pueda salir una doctrina regenerativa de la humanidad. Nosotros hemos siempre observado que, aquellos que creen antes de haber visto, por haber estudiado y comprendido, muy lejos de ser superficiales, son al contrario quienes reflexionan mejor. Ateniéndose más al fondo que a la forma, para ellos la parte filosófica es la principal, y los fenómenos propiamente dichos lo accesorio; a tales efectos dicen: Aún cuanto estos fenómenos no existiesen, quedaría, siempre, una aceptable filosofía, que por sí sola resuelve problemas que hasta ahora habían quedado insolubles. Por sí sola aporta la teoría más racional del pasado del ser humano y de su porvenir. Ahora, ellos prefieren una doctrina que explique a cualquier otra que deje de hacerlo o que lo haga en forma inadecuada. Quienquiera que reflexione percibe bien que se podría hacer abstracción de las manifestaciones, y que la doctrina subsistiría siempre. Las manifestaciones coadyuvan a corroborarla, a confirmarla, pero no son la base esencial. El observador serio no las rechaza, al contrario, atiende las circunstancias favorables que le permitan ser un testigo ocular. La prueba de esto que nosotros expresamos es que, antes de haber estudiado el fenómeno, un gran número de personas tenían la intuición de esta doctrina, la cual no hizo más que dar un cuerpo, una coordinación a sus ideas.
16.               Sería, por otra parte, inexacto decir que carecen de observaciones prácticas quienes empiezan desde la teoría; ellos, al contrario, poseen las que a su entender son de un peso mayor de cuanto se podría producir en su presencia. Estos son los hechos de numerosas manifestaciones espontáneas, de las cuales hablaremos en los siguientes capítulos. Pocos son aquellos que no poseen conocimientos, por lo menos por relaciones referidas; muchos de ellos fueron testigos oculares, si bien no les hayan prestado más que una mínima atención. La teoría tiene por finalidad facilitar la explicación; y nosotros decimos que estos hechos tienen un gran peso, por cuanto se apoyan sobre irrecusables testimonios, a los cuales no se le puede suponer que han sido preparados a conveniencia. Si los fenómenos provocados no existieran, los espontáneos existirían igualmente, y el Espiritismo tendría por resultado el de aportar una solución racional, lo cual sería, ya, mucho. Es por esto, que la mayor parte de aquellos que leen preventivamente, reportan sus reminiscencias sobre estos hechos, las cuales representan una confirmación de la teoría.
17.               Se engañaría sobre nuestra manera de considerar la cuestión quien supusiese que aconsejamos descuidar los hechos. Son los hechos que nos han conducidos a la teoría. Es verdad que hemos debido invertir un esfuerzo continuo por muchos años, coadyuvado por miles de observaciones; empero, por cuanto los hechos nos han servido y nos sirven diariamente, seríamos inconsecuentes con nosotros mismos si les restáramos importancia, y sobretodo por cuanto redactamos un libro destinado a hacerlos conocer. Afirmamos, solamente, que sin el razonamiento ellos no bastan para determinar la convicción; es necesaria una explicación preventiva demostrando que nada tienen de contrario a la razón, para disponer a su aceptación. De hecho, sobre diez personas completamente novatas que asistan a una sesión experimental, quizá, aún, de las más satisfactorias desde el punto de vista de los iniciados, nueve de ellas saldrán sin haberse convencido, y más de una estará más incrédula que antes, por cuanto las experiencias no habrán correspondido a sus expectativas. Muy diferente resultará para quienes posean un conocimiento teórico anticipado; para ellas esto no es más que un medio de control; nada les sorprende, ni siquiera la ausencia de éxito, por cuanto saben en cual condición se producen los hechos, y que no se le puede inquirir más de lo que puedan dar.
La comprensión anticipada de los hechos les pone en la posición de darse cuenta de todas las anomalías, y además, les permite percibir una serie de particulares, de gradaciones con frecuencia delicadísimas, que son para ellas medios de convicción, las cuales escapan al observador ignorante. Tales son los motivos que nos empeñan a nuestras sesiones experimentales solamente a aquellas personas que ya poseen nociones preparatorias suficientes para comprender lo que acontece, persuadidos que las otras perderían su tiempo o nos harían perder el nuestro.
18.               Nosotros aconsejamos a quienes quieran adquirir estos conocimientos preliminares con la lectura de nuestras obras a seguir el orden siguiente:
                        I.    Qué es el Espiritismo? Este pequeño volumen es una exposición sintética de los principios de la Doctrina Espirita, una ojeada general que permite abarcar el conjunto en un cuadro esquemático. En pocas palabras, se percibe la finalidad y se pueden apreciar sus principios. Se encuentra la respuesta a las principales cuestiones y a las objeciones que se le anteponen por las personas novatas. Esta primera lectura, que precisa muy poco tiempo, es una introducción que facilita un estudio más profundo.
                    II.    El Libro de los Espíritus: Contiene la Doctrina completa dictada por los mismos Espíritus, con toda su filosofía y todas sus consecuencias morales; el destino futuro de la humanidad es puesto al descubierto, así como la iniciación a la naturaleza de los Espíritus y a los misterios de la vida en la dimensión espiritual. Leyéndolo se comprende que el Espiritismo tiene un objetivo serio, y que no es un frívolo pasatiempo.
COMENTARIO EXEGÉTICO GIC: -"El Libro de los Espíritus es una de las obras cumbres del pensamiento universal, que, con las respuestas a sus 1.019 preguntas principales, formuladas por uno de los mejores pedagogos franceses del siglo XIX, como lo fue Hipolite León Denizard Rivail, más sus propios comentarios sobre los más variados temas, permite formarse una idea precisa de la realidad universal, de Dios y sus atributos divinos, o valores universales, del eterno e inmortal Espíritu y sus facultades, de la pluralidad de existencias, de la pluralidad de mundos habitados y de las leyes universales, incluyendo las de índole moral, para el perfeccionamiento del ser humano. Es una obra que se constituye en libro de cabecera desde la lectura de su primera página, contribuyendo al cumplimiento de la gran misión de cada quien en el planeta tierra".
                III.    El Libro de las Facultades: Está destinado a dirigir la práctica de las manifestaciones, con el conocimiento de los medios más propicios para comunicar con los Espíritus; es una excelente guía tanto para los sensitivos como  para los que se inicia en el estudio y práctica. Es el complemento de El Libro de los Espíritus.
                   IV.    La Revista Espirita: Es una colección variada de los hechos, de las explicaciones teóricas y de los aspectos particulares, los cuales completan todo lo que ha sido dicho en las obras precedentes, siendo, de alguna manera, su aplicación. Su lectura puede ser efectuada al mismo tiempo, pero será más provechosa y más inteligible sobre todo después de la de El Libro de los Espíritus.
Este es el fruto de nuestro esfuerzo.
Aquellos que anhelan conocer todo en una ciencia, deben, necesariamente, leer la totalidad de lo que se ha escrito a tal fin, o por lo menos las cosas principales, y no limitarse a un solo autor; es preciso leer el Pro y el contra, tanto las críticas como las apologías, iniciándose a los diferentes sistemas mediante los cuales poder juzgar haciendo las debidas confrontaciones.
Bajo este aspecto, nosotros no preconizamos ni criticamos ninguna obra, no queriendo influenciar para nada la opinión que cada quien podría formarse por si mismo. Aportando nuestra piedra al edificio nos colocamos al orden; no es nuestra función la de ser juez y parte, y no tenemos la ridícula pretensión de ser los únicos dispensadores de la luz; está al lector juzgar la parte buena y la opuesta, la verdad y la falsedad.


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